Estás atrapado y no tienes lugar para moverte, no te puedes detener. Te ves obligado a ir siempre hacia adelante. Tienes miedo porque no sabes qué cosas hay. Avanzas temblando, casi a tientas. Te comes diez metros y te das cuenta de que no pasó nada, de que nada te dañó y algo dentro de ti se siente valiente, mejor, fuerte. Cierras los ojos, tomas aire y cuando te decides a seguir ves el fondo negro y regresas al miedo.
Y avanzas y te detienes. Te detiene el miedo de no saber qué hay allá en lo negro, no puedes ver y eso te asusta. Pierdes el control de todo, incluso el tuyo. Estás como suspendido entre la negrura, entre la vida, entre todo y nada.
No sabes si vas derecho, no sabes si das vueltas: no ves nada.
Tocas tu cuerpo para ver si no te falta algo, si estás completo; recuerdas: cabeza, cuello, brazos, manos, piernas... en la bolsa del pantalón te encuentras una cajita con cerillos.
Ves el fondo negro y la cajita de cerillos en tu mano.