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octubre 20, 2009

"Desacralización"

Hoy, el Óscar nos dió una texto de un chico que se llama Eduardo Huchín. En pocas palabras dice que la gente no lee, porque se a los libros se les ha puesto (por cosas varias) en un lugar poco accesible para la masas (al menos eso es lo que pude rescatar del texto).
Habla de la desacralización de los libros (bajarlos de su pedestal) para que la gente se acerque a ellos. Para que lea.


"¿Reducir la literatura a los libros no peca de miopía?" El texto dice que la literatura nos llega mucho antes que los libros. Cuando vemos la tele, vamos al cine, nos cuentan historias para dormir... blablabla

Un poco de literatura (en libros) no nos hará daño. Es verdad que es más entretenido esperar la historia ya procesada y consumirla en una sala de cine con un chico (o chica) sexy, palomitas con salsa, nachos con extra queso, refresco frío y sonido sorround. Pero la terrible realidad es que cuando leemos la historia original nos encontramos con pequeños detalles que hacen más intensa la narración. Nos ponemos a trabajar (o será ese el problema? la pereza mental?).

Un ejemplo de literatura que nos llega NO a través de un libro es esta:

Una versión (casi parodia... o parodia pura?) de
"El cuervo" de E. A. Poe por Los Simpson.

Nota: chéquense los links

agosto 28, 2009

Catarsis + Purificación + Bach

CATARSIS
Es una bella palabra que, tomada de la medicina, la puso en circulación Aristóteles con el significado ético-estético que actualmente tiene. El principio aristotélico de la catarsis viene a decir que la tragedia (la representación teatral) es muy útil porque los espectadores ven proyectadas en los actores sus bajas pasiones y sobre todo porque asisten al castigo que éstas merecen; de esta manera se produce en ellos un efecto purificador. Los espectadores mediante la contemplación de la tragedia y mediante su participación anímica en la misma, someten su espíritu a profundas conmociones que sirven para purgarlo. Cuando salen de participar en el duro castigo que el destino, y ellos con él, han infligido a los malvados, sienten su alma más limpia. Se sienten mejores ciudadanos. Esa es la virtualidad catártica que atribuyó Aristóteles a la tragedia.
KaqarsiV (kazársis) tenía dos niveles de significación: el físico-médico y el moral. En el plano físico significaba purificación, purga y poda; también llamaban catarsis a la regla. En el plano moral llamaban catarsis a la satisfacción o descanso por el cumplimiento del deber y a los ritos de purificación de los que se iniciaban en los misterios. Procede esta palabra de kaqaroV (kazarós), que significa limpio (de aquí derivará la palabra "cátaro"). KaqaroV kata to swma kai kata thn yuchn (kazarós katá to sóma kái katá tén psyjén), que decía Platón. Limpio de cuerpo y alma; la purificación se hacía mediante sacrificios lustrales. Kaqarma (kázarma) era la impureza, aquello que debía ser purificado, y lógicamente acabó llamándose así a la víctima que se sacrificaba para limpiar a alguien de sus pecados o impurezas. Los tres grandes elementos purificadores eran el agua, el fuego y la sangre. El más eficaz de todos, este último. Kaqarmon thV cwrhV poieisqai tina (kazarmón tés jóres poiéiszai tína) era sacrificar a alguien como víctima propiciatoria por el país.
Es lógico que cuando se tienen muchos pecados pendientes de lavar, se necesite una víctima con la que celebrar las ceremonias lustrales (según los más antiguos ritos) o una representación dramática mediante la cual los espectadores vacían en el protagonista el mal que tienen en sus espíritus y lo castigan con la misma dureza con que castigan los dioses. De esta manera celebran su catarsis colectiva. Ahora bien, para que esa catarsis sea eficaz se necesitan algunas condiciones rituales o dramáticas mínimas. Si se trata de ritual, es preciso que la víctima sea valiosa. A nadie se le hubiese ocurrido jamás ofrecer en un sacrificio lustral una víctima enferma o moribunda. Una víctima así, no sólo no tenía la virtud de lavar, sino que producía el efecto contrario. Y si se trataba de la catarsis mediante el drama, era imprescindible que el castigo de los dioses cayese sobre un protagonista en todo su vigor, capaz de desafiar al destino y a los propios dioses. De lo contrario, no se producía el deseado efecto purificador. La lógica interna de los sacrificios pide que la víctima represente el valor de la colectividad que quiere salvarse y purificarse. No tiene ninguna eficacia sacrificar los despojos: eso no lava, mancha.
Mariano Arnal
Pues sip. En estos días me llegó la catarsis (visto como una purificación interna), y al parecer mi etapa de "bloqueo litetario" ha decidido abandomarme, por fin.
Lo que prosigue ahora es comenzar desde abajo, reconstruirme, recrear, realimantar, reacomodar y todo pa' arriba!
Sí, sí y pos para celebrar, el primer movimiento del Concierto de Brandemburgo 3 de Johann Sebastian Bach (compositor alemán)


Y eso es todo por hoy, amigos!

La rola también es para celebrar las 55 entradas de este blog, a ver si la escuchan...

es buena!!!

agosto 26, 2009

De consejos y antídotos

El siguiente texto es de Roberto Bolaño, escritor chileno nacido en 1953 y fallecido no me acuerdo en qué año.

12 reglas que trataré de seguir al pie de la letra para recuperar mi vocación de escritor (sic):

"Como ya tengo 44 años, voy a dar algunos consejos sobre el arte de escribir cuentos.
1) Nunca abordes los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.

2) Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si te ves con energía suficiente, escríbelos de nueve en nueve o de quince en quince.

3) Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, pero lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes.

4) Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral

5) Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.

6) Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así.

7) Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval!

8) Bueno: lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.

9) La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra.

10) Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas.

11) Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, del Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas.

12) Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo."
[Roberto Bolaño]

Esto es una transcripción de una hojita que nos roló el Óscar en el taller.

Ya casi me encuentro con el antídoto: no más Nadia quejumbrosa, regreso a lo normal.

[Malditas vacaciones, lo arruinan todo!]

Hoy, llegando a mi casa, mi madre me preguntó si ya también iba a dejar de escribir. En un principio el comentario no me agradó, pero me calmé y le dije que estaba en una etapa NO creativa. Que eso a veces pasa. No soy una máquina que procesa todo nada más así por que sí, las cosas llevan su tiempo...¿qué hiciste de cenar?, es que tengo harta hambre!

Ya mero. Ya mero.

agosto 15, 2009

Se vomitan conejos...

En "Carta a una señorita en París" el protagonista (quien es también el que narra la historia) vomita conejos. Al principio puede parecer loco o... loco. La explicación se basa en una experiencia de Julio Cortázar.



Él padecía de neurosis.



Acá pedacitos de un artículo que me encontré en no me acuerdo dónde:



En Carta a una señorita en París es el caso del conejo, pero indudablemente es mucho más que un simple animal; Según Barrientos, el conejo está relacionado con la enfermedad; si no personifica al sufrimiento mismo, entonces encarna alguno de sus síntomas. Entonces, él explica que el cuento se basa en una enfermedad personal. Ya que se ha establecido que el acto de vomitar conejos está asociado a la producción de escritura (“el conejo recíén nacido es como un poema en sus primeros minutos”, según Cortázar en su cuento Bestiario), y si el acto de escribir funciona como una cura o catarsis (el mismo autor se cura de síntomas neuróticos al escribir Circe o Carta...), entonces el vomitar conejos puede representar algún tipo de tratamiento contra alguna enfermedad. Esta enfermedad no tiene por qué ser física, puede ser una enfermedad de la modernidad, en la cual los conejos actúan como cura. El comportamiento de estos animales pretende liberar al protagonista de este trastorno, pero se ve que él no acepta la forma de cura que su propio cuerpo propone: la resiste, y finalmente termina muriendo.


Ya desde el principio de la obra nos damos cuenta de que el personaje está en cierto conflicto: “yo no quería venirme a vivir a su departamento...”, pero en las páginas siguientes revela que había ido a la casa para descansar. Los síntomas de su conflicto, de su crisis, de su enfermedad moderna serían entonces: el cambio constante (cuando expresa que ha cerrado muchas maletas en su vida, y se ha pasado horas haciendo equipajes); la presión de su trabajo y todo lo que hacía en su tiempo libre (leer historia argentina por ejemplo), y a su vez, la mudanza (“esta mudanza me alteró por dentro”) a un ambiente ajeno, propiedad de una persona ausente y lejana (no sólo lejana físicamente, sino lejana en el sentido de que ella -Andrée - era de una clase social más alta, refinada y de cierto modo, inalcanzable). Asimismo, todas las cosas y objetos de la casa que él no puede tocar lo oprimen de alguna forma: “Y yo no puedo acercar los dedos a un libro...destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafío me pase por los ojos como un bando de gorriones”.



El personaje no puede hacerlo, pero los conejos sí. El conflicto interno que tiene el personaje le provoca una reacción corporal, que es la de vomitar el primer conejo en el ascensor para poder subir e instalarse en el departamento; según él, este acto es “un anuncio de lo que sería mi vida en su casa” (por la casa de Andrée). Recordemos que él expresa en el comienzo del cuento que no quería ir a vivir al departamento porque “le duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire...”. De este modo, los conejos parecen una especie de vacuna contra el orden que tanto molesta al personaje dentro del departamento (“Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia”). Se van multiplicando cada vez más para “atacar” al orden que resultaba nocivo para el personaje: juegan entre los objetos que él no puede tocar y que pertenecen a esa clase más alta que resulta inaccesible para él mismo (el cuadro de Miguel de Unamuno, los libros del anaquel -que son roídos por los conejos-, etc). Se puede decir entonces que los conejos quiebran o alteran el orden del departamento y del mundo; también corrompen el tiempo, cambiando el día por la noche. Crean un nuevo mundo, su mundo interior, bajo la luz del “triple sol” de la lámpara que también roen. Juegan y hasta destruyen los objetos que marcan la cultura (libros, etc), por lo cual el protagonista no tiene ni siquiera tiempo para ocuparse de sus cosas, ya que debe arreglar lo que los animales han dejado roto, como por ejemplo la lámpara con el vientre lleno de mariposas y caballeros antiguos cuyo trizado debe recomponer con el cemento especial comprado en la casa inglesa. En conclusión, el personaje se termina integrando a la vida de los conejos (inconscientemente, o no): se queda con ellos, se adapta a sus horarios, los alimenta de trébol, los cuida y vigila. El personaje, quien anteriormente se siente molesto por el orden, luego termina por imponer un ritmo en su vida: “las costumbres son formas concretas de ritmo, son la cuota de ritmo que nos ayuda a vivir”. O sea, su vomitar de conejos en forma mensual puede significar el fin de su ritmo de vida urbana (el trabajo), y la aparición de otro ritmo, otro orden de vida. Todo esto, sumado al miedo que lo dominaba -les tiene miedo desde que vomita el primer conejo: "En seguida tuve miedo (¿ o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso)..."-, hace que el tratamiento de los conejos no funcione y el conflicto interno del personaje se acreciente. Finalmente se tira del balcón...




Los conejos no logran entonces curar al protagonista, pero puede ser que lo salven al llevarlo a una muerte alegre y renovadora. Posiblemente en la muerte él haya encontrado la paz que deseaba, pues en ella existe la posibilidad de salvación



Otros símbolos, como la tacita (que se repite constantemente en las primeras hojas del cuento), los libros del anaquel o la lámpara, son objetos que demuestran la clase alta de Andrée, pero que resultan inalcanzables para el protagonista, quien no es capaz ni siquiera de tocarlos. Los conejos, en cambio, sí pueden hacerlo; por lo tanto, estos símbolos representan esa “riqueza cultural” que el personaje no tiene, que no puede alcanzar, y esto (sumado al orden de la casa que resultaba nocivo al protagonista) obviamente le provoca un conflicto interno tan serio, que ni los pobres conejos pueden curar. Es por esto que el personaje muere: no logra adaptarse a ese cambio de orden moderno que los conejos proponen




agosto 05, 2009

"Carta a una señorita en París"

Esta es la última parte del texto de Cortázar. Disfrutenla...

Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos -un poco el sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses-, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan, y si Sara se levantara por cualquier cosa, y la presidencia de Rivadavia que yo quería leer en la historia de López. No sé cómo resisto, Andrée. Usted recuerda que vine a descansar a su casa. No es culpa mía si de cuando en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro - no es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto, a veces las cosas viran brutalmente y cuando usted esperaba la bofetada a la derecha-. Así, Andrée, o de otro modo, pero siempre así. Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos. De día duermen. ¡Qué alivio esta oficina cubierta de gritos, órdenes, máquinas Royal, vicepresidentes y mimeógrafos! ¡Qué alivio, qué paz, qué horror, Andrée! Ahora me llaman por teléfono, son los amigos que se inquietan por mis noches recoletas, es Luis que me invita a caminar o Jorge que me guarda un concierto. Casi no me atrevo a decirles que no, invento prolongadas e ineficaces historias de mala salud, de traducciones atrasadas, de evasión. Y cuando regreso y subo en el ascensor -ese tramo, entre el primero y el segundo piso- me formulo noche a noche irremediablemente la vana esperanza de que no sea verdad. Hago lo que puedo para que no destrocen sus cosas. Han roído un poco los libros del anaquel más bajo, usted los encontrará disimulados para que Sara no se dé cuenta. ¿Quería usted mucho su lámpara con el vientre de porcelana lleno de mariposas y caballeros antiguos? El trizado apenas se advierte, toda la noche trabajé con un cemento especial que me vendieron en una casa inglesa -usted sabe que las casas inglesas tienen los mejores cementos- y ahora me quedo al lado para que ninguno la alcance otra vez con las patas (es casi hermoso ver cómo les gusta pararse, nostalgia de lo humano distante, quizá imitación de su dios ambulando y mirándolos hosco; además usted habrá advertido -en su infancia, quizá- que se puede dejar a un conejito en penitencia contra la pared, parado, las patitas apoyadas y muy quieto horas y horas). A las cinco de la mañana (he dormido un poco, tirado en el sofá verde y despertándose a cada carrera afelpada, a cada tintineo) los pongo en el armario y hago la limpieza. Por eso Sara encuentra todo bien aunque a veces le he visto algún asombro contenido, un quedarse mirando un objeto, una leve decoloración de la alfombra, y de nuevo el deseo de preguntarme algo, pero yo silbando las variaciones sinfónicas de Franck, de manera que nones. Para qué contarle, Andrée, las minucias desventuradas de ese amanecer sordo y vegetal, en que camino entredormido levantando cabos de trébol, hojas sueltas, pelusas blancas, dándome contra los muebles, loco de sueño, y mi Gide que se atrasa, Troyat que no he traducido, y mis respuestas a una señora lejana que estará preguntándose ya si... para qué seguir todo esto, para qué seguir esta carta que escribo entre teléfonos y entrevistas. Andrée, querida Andrée, mi consuelo es que son diez y ya no más. Hace quince días contuve en la palma de la mano un último conejito, después nada, solamente los diez conmigo, su diurna noche y creciendo, ya feos y naciéndoles el pelo largo, ya adolescentes y llenos de urgencias y caprichos, saltando sobre el busto de Antinoo (¿es Antinoo, verdad, ese muchacho que mira ciegamente?) o perdiéndose en el living donde sus movimientos crean ruidos resonantes, tanto que de allí debo echarlos por miedo a que los oiga Sara y se me aparezca horripilada, tal vez en camisón -porque Sara ha de ser así, con camisón- y entonces... Solamente diez, piense usted esa pequeña alegría que tengo en medio de todo, la creciente calma con que franqueo de vuelta los rígidos cielos del primero y el segundo piso. Interrumpí esta carta porque debía asistir a una tarea de comisiones. La continúo aquí en su casa, Andrée, bajo una sorda grisalla de amanecer. ¿Es de veras el día siguiente, Andrée? Un trozo en blanco de la página será para usted el intervalo, apenas el puente que une mi letra de ayer a mi letra de hoy. Decirle que en ese intervalo todo se ha roto, donde mira usted el puente fácil oigo yo quebrarse la cintura furiosa del agua, para mí este lado del papel, este lado de mi carta no continúa la calma con que venía yo escribiéndole cuando la dejé para asistir a una tarea de comisiones. En su cúbica noche sin tristeza duermen once conejitos; acaso ahora mismo, pero no, no ahora - En el ascensor, luego, o al entrar; ya no importa dónde, si el cuándo es ahora, si puede ser en cualquier ahora de los que me quedan. Basta ya, he escrito esto porque me importa probarle que no fui tan culpable en el destrozo insalvable de su casa. Dejaré esta carta esperándola, sería sórdido que el correo se la entregara alguna clara mañana de París. Anoche di vuelta a los libros del segundo estante; alcanzaban ya a ellos, parándose o saltando, royeron los lomos para afilarse los dientes -no por hambre, tienen todo el trébol que les compro y almaceno en los cajones del escritorio. Rompieron las cortinas, las telas de los sillones, el borde del autorretrato de Augusto Torres, llenaron de pelos la alfombra y también gritaron, estuvieron en círculo bajo la luz de la lámpara, en círculo y como adorándome y de pronto gritaban, gritaban como yo no creo que griten los conejos. He querido en vano sacar los pelos que estropean la alfombra, alisar el borde de la tela roída, encerrarlos de nuevo en el armario. El día sube, tal vez Sara se levante pronto. Es casi extraño que no me importe Sara. Es casi extraño que no me importe verlos brincar en busca de juguetes. No tuve tanta culpa, usted verá cuando llegue que muchos de los destrozos están bien reparados con el cemento que compré en una casa inglesa, yo hice lo que pude para evitarle un enojo... En cuanto a mí, del diez al once hay como un hueco insuperable. Usted ve: diez estaba bien, con un armario, trébol y esperanza, cuántas cosas pueden construirse. No ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que será trece. Entonces está el amanecer y una fría soledad en la que caben la alegría, los recuerdos, usted y acaso tantos más. Está este balcón sobre Suipacha lleno de alba, los primeros sonidos de la ciudad. No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales.

agosto 03, 2009

"Carta a una señorita en París"

Ya es agosto, mis queridos lectores y mi querido Cortázar merece que uds lo conozcan.

Me decidí, con todo, a matar al conejito apenas naciera. Yo viviría cuatro meses en su casa: cuatro -quizá, con suerte, tres- cucharadas de alcohol en el hocico. (¿Sabe usted que la misericordia permite matar instantáneamente a un conejito dándole de beber una cucharada de alcohol? Su carne sabe luego mejor, dicen, aunque yo... Tres o cuatro cucharadas de alcohol, luego el cuarto baño o un paquete sumándose a los desechos). Al cruzar el tercer piso el conejito se movía en mi mano abierta. Sara esperaba arriba, para ayudarme a entrar las valijas... ¿Cómo explicar que un capricho, una tienda de animales? Envolví el conejito en mi pañuelo, lo puse en el bolsillo del sobretodo dejando el sobretodo suelto para no oprimirlo. Apenas se movía. Su menuda conciencia debería estarle revelando hechos importantes: que la vida es un movimiento hacia arriba con un click final, y que es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a lavanda, en el fondo de un pozo tibio. Sara no vio nada, le fascinaba demasiado el arduo problema de ajustar su sentido de orden a mi valija-ropero, mis papeles y mi displicencia ante sus elaboradas explicaciones donde abunda la expresión "por ejemplo". Apenas pude me encerré en el baño; matarlo ahora. Una fina zona de calor rodeaba el pañuelo, el conejito era blanquísimo y creo que más lindo que los otros. No me miraba, solamente bullía y estaba contento, lo que era el más horrible modo de mirarme. Lo encerré en el botiquín vacío y me volví para desempacar, desorientado pero no infeliz, no culpable, no jabonándome las manos para quitarles una última convulsión. Comprendía que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris. Usted ha de amar el bello armario de su dormitorio, con la gran puerta que se abre generosa, las tablas vacías a la espera de mi ropa. Ahora los tengo ahí. Ahí dentro. Verdad que parece imposible; ni Sara lo creería. Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis días y mis noches en un solo golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de mar que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal y azotes de sol y grandes rumores de profundidad. De día duermen. Hay diez. De día duermen. Con la puerta cerrada, el armario es una noche diurna solamente para ellos, allí duermen su noche con sosegada obediencia. Me llevo las llaves del dormitorio al partir a mi empleo. Sara debe creer que desconfío de su honradez y me mira dubitativa, se le ve todas las mañanas que está por decirme algo, pero al final se calla y yo estoy tan contento. (Cuando arregla el dormitorio, de nueve a diez, hago ruido en el salón, pongo un disco de Benny Carter que ocupa toda la atmósfera, y como Sara es también amiga de saetas y pasodobles, el armario parece silencioso y acaso lo esté, porque para los conejitos transcurre ya la noche y el descanso). Su día principia a esa hora que sigue a la cena, cuando Sara se lleva la bandeja con un menudo tintinear de tenacillas de azúcar, me desea buenas noches -sí, me las desea, Andrée, lo más amargo es que me desea las buenas noches- y se encierra en su cuarto y de pronto estoy yo solo, solo con el armario condenado, solo con mi deber y mi tristeza. Los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón, oliendo vivaces el trébol que ocultaban mis bolsillos y ahora hace en la alfombra efímeras puntillas que ellos alteran, remueven, acaban en un momento. Comen bien, callados y correctos, hasta ese instante no tengo nada que decir, los miro solamente desde el sofá, con un libro inútil en la mano -yo que quería leerme todos sus Giraudoux, Andrée, y la historia argentina de López que tiene usted en el anaquel más bajo-; y se comen el trébol.

Insisto, si alguien necesita una explicación sobre los conejillos, sólo pregunten. Explicaciones existen y son raras. Cortázar es buenísimo.

Por cierto, si quieren posts de otros escritores chidos, pídanlos.
Y como he andado medio distraída, pues me veo en la necesidad de solicitar sugerencias para el blog.

Mi amada señorita, después le llevo un poco de pay de queso-delicioso. Y me dice el nombre del mostrito que le regalé.

Tú, te odio eres un idiota.

Jess, te amo nena gracias por estar cuando te necesito.

Chico, gracias por ser tan lindo. El desayuno estaba rico. Gracias.

Ixchel, no te enojes conmigo, él es muy bueno, me hace feliz.

El tercer mundo es oscuro, le hace falta un estéreo.

Otro tú, de verdad crees que se acabó todo?

Chabis, eres muy linda.

Eddy-eddy, eres un peque.

Lila, eres wow!

Señora Clau, gracias por las palabras y por la cama.

El estúpido feisbuc dice que moriré de asfixia...

O que me cortaré las venas hasta desangrarme...

Y que soy un peligro para la sociedad...

Que estoy irrremediablemente enamorada...

Y que al parecer él está enamorado de mí...

Cosa estúpida...
Encontré mi primer libro de la infancia, insisto: gracias chico, eres muy lindo y no es malo ser lindo, es muy bonito.


Yo te quiero. Me quieres?

julio 30, 2009

() Paréntesis

Hago un paréntesis a la apreciable audiencia del blog para informale que estaré ausente todo este fin de semana y parte del inicio de la otra; les informo, también, que julio está por acabarse y que, por tanto, este es el último post del mes.

Nos vemos en agosto.

El cuento de Cortázar lo termino de pasar por ahí del miércoles de la otra semana y ese será el primer post del mes (espero que iniciar posteando cosas de un escritor fantabuloso sea de buen augurio y atraigamos más público); si alguien requiere de una explicación "razonable" acerca de los conejitos, puede expresarlo.

Nos vemos.

julio 29, 2009

"Carta a una señorita en París

Pues ahora, como no he tenido ganas de escribir narrativa y la poesía nomás no se me da voy a publicarles un cuento de Julio Cortázar que lleva por nombre el título del post.

Lo postearé en 4 partes, porque está un poquito largo.

Gracias a las lindas personas que me dejan comentarios.

Yo también los quiero.

Carta a una señorita en París
Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal, que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar... ah, querida Andrée, que difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafío me pase por los ojos como un bando de gorriones. Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua conveniencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá... Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enterarla; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve. Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a su mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando se me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose. Cuando siento que voy a vomitar un conejito, me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejito de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas. Entre el primero y el segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. Enseguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro... entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota de ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubiera sido preferible matar enseguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta. Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta.

julio 07, 2009

CANONICEMOS A LAS PUTAS

CANONICEMOS A LAS PUTAS. Santoral de sábado: Bety, Lola, Margot, vírgenes perpetuas, reconstruidas, mártires provisorias llenas de gracia manantiales de generosidad.

Das el placer, oh puta redentora del mundo, y nada pides a cambio sino unas monedas miserables. No exiges ser amada, respetada, atendida, ni imitas a las esposas con los lloriqueos, las reconvenciones y los celos. No obligas a nadie a la despedida ni a la reconciliación; no chupas la sangre ni el tiempo; eres limpia de culpa; recibes en tu seno a los pecadores, escuchas las palabras y los sueños, sonríes y besas. Eres paciente, experta, atribulada, sabia, sin rencor.

No engañas a nadie, eres honesta, íntegra, perfecta; anticipas tu precio, te enseñas; no discriminas a los viejos, a los criminales, a los tontos, a los de otro color; soportas las agresiones del orgullo, las asechanzas de los enfermos; alivias a los impotentes, estimulas a los tímidos, complaces a los hartos, encuentras la formula de los desencantados. Eres la confidente del borracho, el refugio del perseguido, el lecho del que no tiene reposo.

Has educado tu boca y tus manos, tus músculos y tu piel, tus vísceras y tu alma. Sabes vestir y desvestirte, acostarte, moverte. Eres precisa en el ritmo, exacta en el gemido, dócil a las maneras del amor.

Eres la libertad y el equilibrio; no sujetas ni detienes a nadie; no sometes a los recuerdos y a la espera. Eres pura presencia, fluidez, perpetuidad.

En el lugar en que oficias a la verdad y a la belleza de la vida, ya sea en el burdel elegante, la casa discreta o el camastro de la pobreza, eres lo mismo que una lámpara, un vaso de agua y un pan.

Oh puta amiga, amante, amada, recodo de este día de siempre, te reconozco, te canonizo a un lado de los hipócritas y los perversos, te doy todo mi dinero, te corono con hojas de yerba y me dispongo a prender de ti todo el tiempo.


Jaime Sabines

mayo 27, 2009

Lenore
Ah, broken is the golden bowl! the spirit flown forever!
Let the bell toll! -a saintly soul floats on the Stygian river -
And, Guy De Vere, hast thou no tear? -weep now or never more!
See! on yon drear and rigid bier low lies thy love, Lenore!
Come! let the burial rite be read -the funeral song be sung! -
An anthem for the queenliest dead that ever died so young -
A dirge for her, the doubly dead in that she died so young.




"Wretches! ye loved her for her wealth and hated her for her pride,
And when she fell in feeble health, ye blessed her -that she died!
How shall the ritual, then, be read? -the requiem how be sung
By you -by yours, the evil eye, -by yours, the slanderous tongue
That did to death the innocence that died, and died so young?"




Peccavimus; but rave not thus! and let a Sabbath song
Go up to God so solemnly the dead may feel no wrong!
The sweet Lenore hath "gone before," with Hope, that flew beside,
Leaving thee wild for the dear child that should have been thy bride -
For her, the fair and debonnaire, that now so lowly lies,
The life upon her yellow hair but not within her eyes -
The life still there, upon her hair -the death upon her eyes.




Avaunt! tonight my heart is light. No dirge will I upraise,
But waft the angel on her flight with a paean of old days!
Let no bell toll! -lest her sweet soul, amid its hallowed mirth,
Should catch the note, as it doth float up from the damned Earth.
To friends above, from fiends below, the indignant ghost is riven -
From Hell unto a high estate far up within the Heaven -
From grief and groan to a golden throne beside the King of Heaven."
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y para que se pongan a ver cosas chidas: lenore: http://www.youtube.com/watch?v=L2CToZw3lcg
y la recomendación pa los oídos es: Radiohead "Ideoteque"